La amante.

Rapto de Polixena Pio Fedi 1855-1865


Soy la amante solitaria, siempre a la espera de verte llegar. Y mientras, recorro el imperio de mis perversiones, de mis deseos frustrados, de mis sueños de conocer el mundo que te rodea y que grita historias similares a esta tuya y mía...
Cada vez que tengo el gusto de contemplar esta escultura pienso en ti, mi maldito pycorant. En ese cúmulo de emociones al limite, de sentimientos mortales que desafían tus estados y los míos. 

En como me haces sentir con tu propia presencia, la pasión que me provocas, el modo en que me enciendes. Desgarras mis más primitivos instintos. Tan solo comparados a la fuerza de venganza que manifiestan los brazos de Neoptólemo, él acaba de arrancar la vida de Polidoro cegado por la venganza a la memoria de Aquiles su padre. Esa misma fuerza oprime el frágil y sensual cuerpo de la bella Polixena, su mano la aferra con posesión. Esa misma fuerza con que tus manos me tocan, me reclaman como tuya, me hacen entender que mi destino está lejos del suelo que mis pies pisan y que tú te encargarás cuando llegue el momento con esa seguridad que te caracteriza cuando has de ser letal. 

El cuerpo inerte y sin vida de Polidoro, semejante a tantos momentos intermedios, vacía de ti. De no tenerte a mi lado conmigo. De noches de masturbaciones a solas, de soñarte e imaginarte, de convertir tus manos en las mías. De anhelar tu habilidad sobre mi cuerpo, solo tú como un buen estratega en el campo de batalla conoces mis frentes y atacas mis puntos vulnerables. Y me llevas a un estado de sitio sin piedad que me desarma y me arranca el alma de un golpe de éxtasis mortal. La vida entonces se me escurre entre fluidos por la grieta que enlaza el cuerpo y el alma... Y me quedo como muerta aunque respiro, o mejor dicho jadeo, como el que muere en agonía febril entre contracciones y oleadas inenarrables que azotan y convulsionan mi cuerpo. Y así me quedo tumbada sobre mi aislado lecho. Suspendida, inerte, hasta que de nuevo la vida vuelve a mi para irse un instante después al comprobar que sigo sola y que solo Dios sabe donde estarás hoy... 
Muerte, el corazón se detiene de golpe y quema como el infierno, mientras aún me castigan las palpitaciones del clítoris recordando el peso de los pecados que me han traído al infierno. Y me pregunto por las llamas de este reino de los malditos al sentirme helada, tan fría tras el instante de lujurioso orgasmo. 

Y clamo piedad a mi destino, que te deje en él.
Sin importarme el precio, aunque sea mi propia palabra o la vida.
La entregaré.
Miro al cielo esperando una señal. Pero solo encuentro la inefable mortal mirada de Neoptólemo sobre Hécuba, La atraviesa como preámbulo de la trayectoria que seguirá la penetración del golpe de su espada; aún así ella lo desafía con la esperanza de alcanzar piedad. Sentimientos primitivos, salvajes, de esos que adornan las grandes historias de amantes. De amores malditos, de cuerpos entregados a las sombras del destino. 

Y ahí esta Polixena, como si fuese una ninfa que se eleva sola entre las brisa de algún Anemoi. No se resiste, se eleva antes de ser sometida. Anhelante del encuentro con su amado Aquiles que la espera más allá del limite del destino y del tiempo, en un deseo perpetuo de posesión de su cuerpo. Esos amores ilícitos, pasiones malditas, sentidos al limites, amantes probados al fuego de la depravación establecida. Obligados al destierro del encuentro prohibido... Cada vez que contemplo la escultura siento mis rodillas temblar, te siento...
Con el deseo contenido de un alma encerrada en un cuerpo, que acepta un presente elevado al limite de la espera del encuentro.


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