1. Crónicas Irreverente.


Cuando una hembra es de valía... Simplemente lo es. Sin tener que intentarlo, sin buscar provocar, la esencia del ser mána con la mayor de las naturalidades.  Y los hombres, bueno... Detectan esas cosas al vuelo. 

Me dispongo a acudir a mi trabajo, hoy no me apetece ni trabajar, ni siquiera arreglarme. De buena gana me plantaba así en albornoz y zapatillas. Menuda revolución armaba entonces en mi oficina.

Me miro al espejo del recibidor antes de salir. Unos jean desgastados,  una camiseta de tirantes blancas, mis Converse algo desatadas. Me echo un vistazo, joder, palabra que ni lo he intentado pero definitivamente estoy para que me follen. 
Nada de maquillaje, y la revuelta melena en un moño mal hecho sujeto con una goma. Quizás debería maquillarme un poco. Estos ojos verdes algo hinchados de domir y las pequillas me dan un aire de juventud que si lo uno a mi irremediable narcisismo y el modo en que me gusta provocar... No seré la ejecutiva cuarentona y formal que a menudo trato de aparentar... Uff, seré la diabla que todo macho alfa querrá dominar. Debería ser al menos por hoy algo más normal... Sin embargo cuanto más natural soy, en más líos me meto. 
Me echo otro vistazo antes de salir mientras me cuelgo el macuto de cuero negro a juegos con mis bambas. Sonrío, jajj, esa ya no es una sonrisa de jovencita. 
Creo que al final hoy, además de trabajar cazaré algo. 

Como de costumbre a esta hora el metro en pleno apogeo. Gente con el tiempo atrasado, carreras, empujones para subir, para bajar... Madre de Dios! Así cualquiera se concentra. 
Por suerte como cada mañana el espécimen de macho que hace que hasta la más frívola de las mujeres se moje entra dos paradas después de la mía. Ahí está abriéndose paso entre la multitud y entrando al saturado vagón como si fuese las tres de la mañana. Traje de lino mostaza, no se que coño hace pero ni se arruga, sus zapatillas blancas de deporte que le dan ese aire tan... Ummmm. Y esa camisa blanca sin corbata y desabotonada que deja ver ese cuello ancho y musculoso tannnn apetecible. Trae colgado al hombro el bolso de officce, y se lo ajusta al tiempo que me mira. Genial, ya me habré ruborizado, seré imbécil. Aprovecho un brusco movimiento del metro para darme la vuelta y ponerme de espaldas a él. Hoy sin maquillar mi rubor será más patente. 

La gente a mi alrededor se mueven. Es incomodo y decoroso ir en semejante estado de sobre pasajeros invadiendo tu espacio de seguridad. Pero es lo que tienen las horas puntas. 
Alguien se ha colocado a escasos centímetros tras de mi, tan escasos que solo el macuto a la espalda evita que se me pegue al culo. Miro de reojo la mano que se aferra a la barra superior de sujeción junto a la mia. Dedos largos, fuertes como garras, asiéndola. Un Racer de alta gama en la muñeca y ese inconfundible olor a café. Solo alguien como él es capaz de tomar café en este barullo. A mí me sería imposible, con tanto movimiento y empujones, acabaria encima de mi ropa con toda probabilidad. 

Me armo de valor y me doy la vuelta para enfrentarlo. No estoy acostumbrada a que los hombres me hagan sentir insegura, todo lo contrario. Pero éste, bueno éste no solo hace que me palpite mi pequeño interruptor sexual, es que me palpita hasta la tarjeta de sanidad dentro del tarjetero en mi bolso. 
Justo me estoy girando y cambiando de sujeción la mano cuando el metro vuelve a balancearse, la señora que está a mi otro lado se recuesta sobre mi haciendo que me tambalee y me quede de medio lado pegada a ese escultural cuerpo con mi pierna entre ambas suyas y sintiendo su erección en mi cadera... Ahora si que estoy empezando a sentirme realmente jodida, no me hace falta levantar la cabeza y mirarle para poder ver esa sonrisa de medio lado que siempre dibuja su cara cuando nos rozamos. Se está convirtiendo en algo normal a esta hora de la mañana. Y cada vez más descarado. 

Se suelta de mano y pasa su café de una a otra, sujetándose con la mano derecha, ahora aún me he quedado más expuesta a él casi en el hueco que forman sus extremidades y su torso, me siento pequeñita de pronto y me encojo. Su vista va descarada a mis pechos, desde dos cuartas más de estatura ha de tener una perfecta vista de mi escote. Se me tensa el cuerpo de pronto y siento los pezones como guijarros. Su cuerpo también reacciona, mi cadera da fe de ello. Ese breve sonido de una risa cascada, penetra por mis oídos y me revuelca el control, ya no puedo ni tragar saliva y creo que se nota demasiado el esfuerzo que hago al tragar por que de pronto me lo encuentro inclinado y casi rozándome con los labios el lóbulo de la oreja mientras me dice en voz baja.
- Necesitas un poco de café para esa boquita.
Dios! Mi tanga tiene un problema serio producido por fugas que en oleadas me fluyen de las mismas entrañas. Se aparta de mi y da un trago a su café, no soy la única en ese habitáculo que tiene problemas con su ropa interior, estoy segura al ser consciente de como lo miran más de una en ese momento. Y él también lo es. Su forma de beber y pasar su lengua por los labios en ese breve gesto lo delata. No soy la única que se queda con la boquita entre abierta perdida en esa visión. Sin embargo soy la única que va a probar ese café. 
-Solo si es negro y amargo.
Sonríe mientras vuelve a llevarse el vaso de cartón a los labios, bebe. En un solo movimiento se inclina y le tengo esta vez pegado a mi boca. La sorpresa no me da tregua de reacción, me ha cubierto los labios con los suyos y como en una transfusión de vida me ha donado de su boca ese liquido caliente y negro, amargo, pero tan dulce al entrar en mi boca. Trago con dificultad con su boca aún ahí, me acaricia con la punta de su lengua el labio superior al mismo tiempo que el metro se detiene. Y yo me quedo como congelada mientras veo que él recupera su posición y me dice.
-Venga vamos o llegarás tarde a la oficina -jodido cabrón, hijo de puta, se sabe con el control y lo usa todo en mí sin complejos- .Ah, y si sigues acudiendo así vestida, me veré en la obligación de imponer uniformes.

Mientras camino por el anden buscando la salida, dos pasos por detrás de él, no aparto la vista de su apretado trasero. Ahí va, caminando como si nada, con esa seguridad que todos envidian, desean o temen. Pues bien, hoy la cosa va a cambiar. Le voy a derribar, puede que él sea el jefe y mande en la oficina y en todos sus empleados, pero yo voy a enseñarle a este maldito hijo de puta quien manda cuando le tenga a lo largo de la mañana debajo de mi. 



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